Imaginemos una lotería en
la que hubiera un premio mayor todos los días. Además,
imaginemos que se entregaran 30 premios mayores por día. Y ahora
imaginemos que pasa un año o dos y no nos ganamos nunca el premio,
a pesar de que participamos siempre. ¿Cómo puede ser?
30 premios por día; 210 por semana; 900 por mes, y más
de 10.000 por año. Y nunca lo ganamos. Nos resultaría
increíble nuestra mala suerte. Con tantos números premiados
por día, mes, año, siempre creeríamos que estamos
por ganar.
En Argentina, para morir en accidentes de tránsito, tenemos “todos
los números”. En la lotería de esta tragedia, hay
cifras que asustan, pero quizás no asustan lo suficiente: 30
muertos por día, más de 10.000 por año, en accidentes
de tránsito.
Por estudios realizados por distintas disciplinas, se sabe que el 90%
de los accidentes de tránsito son causados por factores humanos,
y sólo el 10% restante por factores climáticos o de fallas
mecánicas. Es decir, cerca del 90% son evitables.
¿Qué pasa, entonces, con el “factor humano”?
¿Qué estamos haciendo para tener, cada uno de nosotros,
“todos los números” en esta lotería mortal?
Podemos pensar en varios factores de tipo psicológico. El primero
es la proyección (depositar en otros lo que es propio y se niega).
Sabemos de la cultura existente en nuestra sociedad acerca del manejo
de autos. Encuestas revelan que gran parte de nuestra población
considera que se maneja “muy mal”, pero que la mayoría
de las personas considera que ella misma “maneja muy bien”.
Es decir, la culpa siempre la tiene el otro: yo siempre hago todo bien.
Hay algunas significaciones cristalizadas de este pensamiento, por ejemplo,
la idea de que las mujeres manejan peor (contradicho por las estadísticas
de accidentes), o que los que tienen autos nuevos manejan mejor que
los que tienen autos viejos. Por lo tanto, si todos creemos hacer todo
bien en el tránsito ¿cómo es que somos el país
con más accidentes mortales?
Otro factor humano que opera es la omnipotencia. La idea de que los
accidentes le ocurren a otros es una creencia que opera fuertemente,
y que cada tanto es tristemente contrastada por algún accidente
en nuestro entorno inmediato. La omnipotencia hace que también
se crea que no es un riesgo manejar habiendo bebido, o manejar siempre
rápido (sin distinguir si es adecuado o permitido en todas las
situaciones). Pues “a mí no me va a pasar nada, yo sé
manejar”. Hay suficientes y tristes muestras de que esto no es
así.
El individualismo es otro factor humano. El tránsito no es percibido
como un “sistema” que formamos todos, sino una cuestión
de individuos: yo manejo bien mi auto y las reglas son tonterías
para cobardes o lentos. Otro pasaporte al accidente.
Y otro factor (que observé como novedoso), es la confusión
que ha producido el discurso mediático sobre la inseguridad.
En efecto, la popularización de conductas como no parar en algunos
semáforos (sobre todo de noche, que es cuando más accidentes
hay) con la idea de evitar un asalto, produce más accidentes
por pasar con luz roja, que efectivos asaltos. Y además, ¿estaría
justificado cometer un delito para evitar que nos cometan – hipotéticamente
– otro?
Las muertes por accidentes de tránsito son abrumadoramente mayores
que las producidas por hechos delictivos como robos. Y son la principal
causa de muerte en Argentina en menores de 35 años. Sin embargo,
la negación y la omnipotencia también funcionan en un
nivel institucional: nadie lo toma como política de estado, siendo
que provoca más muertes que la “inseguridad” urbana
(que sí es tema mediático y político). Y también
en el nivel familiar: se observa más preocupación adulta
porque los hijos sufran un robo cuando salen a la noche, que porque
sufran un accidente de tránsito (por eso, a veces se le da el
auto a menores que no están en condiciones legales ni psicológicas
para conducir). Y es mucho más probable el accidente (muchas
familias pueden acreditarlo).
Todo esto es conocido, aunque suene alarmista.
Pero como los accidentes son altamente probables (y lo son, justamente,
porque no se cree que lo sean), hacen falta cambios importantes. Aunque
nos tengamos que chocar primero con nuestras creencias y con la realidad.