Es conocida para los historiadores
la descripción de algunos rituales de culturas antiguas, que
consistían en el sacrificio de niños. Salvando las distancias
(a veces no tantas), en nuestros días se realizan “sacrificios”
de niños, donde éstos pagan por dificultades de los adultos.
Hace algunos días, en el diario La Nación, apareció
una nota que revelaba, a través de diferentes estudios, algo
que algunos psicólogos venimos observando hace un tiempo: los
graves errores de diagnóstico y tratamiento de la epilepsia infantil.
Allí se observan estudios que señalan que en nuestro país
(incluso en Buenos Aires donde hay más y mejores servicios de
salud) por cada chico con epilepsia hay cuatro casos con el mismo diagnóstico
pero que están sanos o sólo tienen alteraciones normales
(por ejemplo, las llamadas “disritmias”, que desde el punto
de vista psiquiátrico no tienen ninguna entidad). Es la conclusión
general de un estudio sobre casi 30.000 chicos de escuelas primarias.
Decíamos que esto mismo, ahora confirmado por un estudio tan
abarcativo, ya era una impresión que teníamos hace varios
años algunos psicólogos que recibimos niños en
consulta o tratamiento. Y allí, se ven pasar chicos que tienen
diagnóstico de epilepsia y que son tratados como tales, con medicación
incluida. Muchos de estos diagnósticos no tienen ninguna fundamentación,
y reproducen la siguiente secuencia de hechos: 1) un niño tiene
dificultades en la escuela, en la casa, en los vínculos, en el
lenguaje, o en su conducta; 2) en la escuela o en la familia se sugiere
una visita al médico; 3) éste indica un electroencefalograma,
en el que se revela una alteración del trazado, y se sugiere
que puede tener una alteración del tipo de la epilepsia; 4) la
familia puede llegar a confirmar esto diciendo que el chico tiene algunos
síntomas típicos, o incluso, que hay un antecedente familiar
de epilepsia.
Se le administra un tratamiento que consiste en una medicación
antiepiléptica, y el círculo ha cerrado con la tranquilidad
de la familia. Pero con el “sacrificio” del niño.
¿Por qué?
Porque los adultos, la escuela y el médico se tranquilizan, porque
el diagnóstico explica todas las dificultades que el chico está
atravesando. Pero será el niño quien portando este diagnóstico,
y tomando su medicación, continuará con muchos de los
problemas que tenía antes, más algunos nuevos: las drogas
que habitualmente se administran luego del diagnóstico de epilepsia
producen mayor cantidad de sedación y de trastornos de conducta.
Entonces el círculo vicioso continúa, y el chico no mejora
respecto de sus problemas originales.
Posiblemente, este niño es uno de los cuatro mal diagnosticados
por cada uno con correcto diagnóstico y tratamiento de epilepsia.
Sobre las conocidas convulsiones epilépticas, nuevamente cabe
la misma distinción: si se trata de “ataques” propios
del cuadro, o - por el contrario - de episodios que el psicoanálisis
llama “histéricos” o “psicosomáticos”
(que si bien son dos cosas diferentes, ambas tienen origen emocional).
Entonces, el ataque convulsivo lo sufre el niño,
pero con el episodio “defiende” a la familia y a su contexto,
de que se pregunten más a fondo sobre la dificultad profunda
o emocional que puede estar atravesando el chico. Por eso, este “ataque”,
funciona como una “defensa”.
Es bueno tener en cuenta esta reciente investigación para que
el niño no pague, con su medicación, por las limitaciones
o dificultades que - sin mala intención- podemos tener los adultos.
Ayudar a los padres, familiares o docentes a observar esto, quizás
libere a muchos niños de un fracaso anticipado e injustificado,
o del ahogo de las potencialidades que tienen todos los niños.