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LAS FOBIAS
 
 

Hay muchas palabras que se incorporan desde la psicología al lenguaje común, y se transforman en habituales para nosotros. “Fobia” es una de esas palabras. Muchas veces se utiliza en la vida cotidiana, en la escuela, los trabajos o en las consultas, con significados variados, algunas precisiones y otras tantos equívocos. Veamos, en principio, de qué se tratan las fobias, para luego intentar entender qué se puede hacer ante ellas.

Se equipara habitualmente las fobias al miedo o al rechazo. En parte esto es así. Pero el miedo no es sinónimo de fobia. Veámoslo en dos situaciones normales y habituales.

La primera: si hemos vivido alguna situación traumática o desagradable, no queremos volver a enfrentarla y por eso la esquivamos o rechazamos. Esto no basta para decir que estamos en presencia de una fobia. Por ejemplo, si nos han agredido en un lugar, o hemos sufrido algún tipo de ataque personal, es lógico que guardemos un temor ante esa situación, y la rechacemos posteriormente en vez de enfrentarla. Hasta aquí, el miedo es simplemente la reacción proporcionada a la situación.

La segunda: lo mismo que describimos, sucede con la aparición de angustia ante una situación que genera incertidumbre, por desconocida, abrumadora o inquietante, aunque no sepamos explicarla exactamente. Aquí también estamos en presencia de una reacción lógica: angustia ante lo desconocido, que de algún modo nos prepara para enfrentarlo.

En estas dos situaciones estamos ante una especie de temor o reacción normal, adecuada a las circunstancias. En este sentido, el miedo es una reacción preparatoria, de cierto grado de elaboración y que es adecuada. Por eso, es bueno (aunque no sea agradable) poder experimentar el miedo: nos prepara, nos hace tomar conciencia de las limitaciones propias y nos aleja de la omnipotencia que es muy peligrosa, por ejemplo, la que implica creer que lo podemos todo y que no le tememos a nada. Además, la realidad termina mostrándonos lo contrario.

La fobia, entonces, es algo distinto del miedo. Es la aparición de angustia, habitualmente enlazada a un objeto o situación, y que se prolonga en el tiempo sin que nos podamos explicar el por qué, ni hacer nada para manejarla. Es decir que la fobia siempre es “a algo”. Ante ella, aparece una conducta de evitación: no se puede tomar contacto con la situación u objeto que produce la fobia. Aunque esto lleve consigo muchas limitaciones e inhibiciones.

Esas situaciones u objetos que producen la fobia pueden ser variados: fobia a animales o insectos; fobia relacionada con fenómenos atmosféricos como tormentas, precipicios o agua; fobia a sangre, inyecciones, visión de heridas o intervenciones médicas; fobia a transportes públicos, viajes, vuelos, ascensores, túneles, aviones, coches, lugares cerrados (claustrofobia), lugares abiertos, la calle o el espacio amplio (agorafobia); a situaciones específicas como estímulos que pueden conducir a vómitos o atragantamiento; o en los niños, el temor a personas disfrazadas o a sonidos altos. El llamado ataque de pánico, es una variante que merecería otro artículo.

En los niños es muy habitual, y hasta esperable, la presencia de fobias. Esto no quiere decir que debemos dejar alegremente al niño que la sufra, sobre todo si se prolonga. Pero su sola aparición indica la ausencia de trastornos más graves. Y es más preocupante la ausencia que la presencia de fobias en la infancia. No obstante, algunas son tan sostenidas o angustiantes que merecen tratamiento psicológico, que es la indicación más correcta. En los adultos, las fobias están más consolidadas y sí o sí exigen psicoterapia.

La fobia es indicador de una cierta estructuración, de una evolución: un niño con trastorno grave, nunca podría tener una fobia; ésta sólo es posible por la presencia de ciertos mecanismos psicológicos que implican una complejidad lograda.

Entonces, por más que se trate de un trastorno o dificultad, en los niños indica que se está creciendo. Algo así como un “problema más evolucionado” (por lo tanto menos grave). No obstante, en muchos casos, la psicoterapia es necesaria, como decíamos, pues no hay nada que pueda mitigar la angustia que el fóbico siente ante ese objeto o situación. Lo importante es entender su posible aparición, sobre todo en las escuelas o trabajos, para poder darle la dimensión adecuada. Ni más ni menos.

 

Lic. Diego Velázquez
Psicólogo (UBA)
Profesor Titular UNLZ

Ilustración: Martín Eito

 

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