Últimamente veces en los medios
de comunicación aparecen noticias que dan cuenta de la violencia
en las escuelas. El suceso de Carmen de Patagones fue seguramente la
muestra más clara de este proceso de formas novedosas.
Digo “formas novedosas” porque no es un tema nuevo el de
la llamada “violencia institucional”. Esta significa que
las condiciones de convivencia, vínculos, normas, distribución
del poder, y otros factores, sean – en el funcionamiento de una
institución – productores o reproductores de violencia.
Por lo tanto, la violencia institucional no es exclusiva de esta época
ni de “esta escuela” de hoy, sino que todos la conocemos
por haberla vivido.
Siempre se dice que la escuela no puede ser ajena a lo que se vive en
la sociedad. Es una frase común que refleja una cierta lógica.
Pero a la vez, podemos decir que la escuela es, aún, quizás
la única institución que mantiene algo de su prestigio
simbólico, propicia algún grado de integración
social, y se mantiene con cierta coherencia ante el desmantelamiento
de muchas instituciones. Por eso, hay que cuidarla mucho.
Pero la violencia, que en otras épocas era institucional y sólo
simbólica, ahora en muchos lugares se ha vuelto concreta, sobre
el cuerpo de los participantes. Socialmente hay algunas explicaciones:
en los últimos años hemos enfrentado cambios cuya magnitud
y aceleración nos desconciertan. No solamente en nuestro país
y en los últimos tiempos, hemos visto modificarse procesos sociales,
económicos, políticos, familiares. Ya no existen las certezas
y las seguridades que acompañaron nuestra educación y
nuestro crecimiento. Aquellas certezas que nuestros abuelos, padres,
o nosotros mismos, contábamos para manejarnos en la vida, están
en cuestión. Conceptos como esfuerzo, trabajo, progreso, confianza
en la palabra, instituciones sólidas (familia, iglesia, partidos
políticos, trabajo, escuela) están en crisis, aunque todavía
funcionan en nuestras cabezas.
La escuela, como organizador de la vida social, no es ajena a todo esto.
Allí, los chicos, desde jardín hasta secundario, son la
expresión cotidiana de los cambios sociales. Ante esta comprobación,
tenemos (los adultos y los docentes) dos posibilidades: la nostalgia
por las cosas como eran antes y esperar cambios milagrosos que los chicos
no pueden hacer, o tratar de comprender las razones de los cambios,
y eventualmente, de la violencia. Comprenderlas no sólo por “amor
al conocimiento”, sino para poder actuar y operar. En definitiva,
para “saber qué hacer”, ante las crisis, la agresividad,
la ansiedad, de chicos, docentes y padres.
Esto implica abandonar la ilusión de
que se puede enseñar igual a como nos enseñaron a nosotros,
de que estos chicos deben ser como los chicos que nosotros fuimos, o
de que esta escuela es igual a la que hemos vivido en el pasado. Esto
encierra una fantasía y mucho sufrimiento por no poder transformar
nada. Y conduce al malestar docente, que sumado a las condiciones de
crisis en la que los alumnos y los propios docentes llegan a la escuela,
arma un caldo de violencia latente a la que contribuyen (y que sufren)
todas las partes.
¿Qué hacer ante esto? Lo primero es pensar. Parece fácil,
pero cuesta un esfuerzo. Luego no echar culpas, ni reproducir viejos
mitos o prejuicios sobre los jóvenes. Y por último, saber
que en Argentina hay muchos desarrollos e investigaciones que toman
estos temas y que proveen herramientas para explicar y disminuir la
violencia en las escuelas.
Aceptar esto, y estar dispuestos a entender a estos chicos que parecen
lejanos, nos lleva a comprobar cómo tienen los mismos sufrimientos,
esperanzas y capacidades que todo sujeto. Y que ellos también
están tratando de acomodarse ante tanto terremoto familiar y
social. Ocurre que deben encontrar adultos que puedan darle, si no certezas
(quizás ya no las tengamos) al menos alguna respuesta que los
ayude a crecer mejor.
Como se suele decir: es lo que hay. Se trata de ver con qué herramientas
podemos modificar lo que hay.