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LAS OPORTUNIDADES ANTE LA DEPRESIÓN
 
 

Hace cerca de 14 años, cuando empezaba mi trabajo profesional en General Las Heras, un viejo maestro me advertía: “preparate para ver muchas depresiones”. No se refería, claro, a una característica de este pueblo, sino a una cuestión muy generalizada en nuestros días y en muchos contextos. Vivimos en “la sociedad depresiva”, como la caracterizó Elizabeth Roudinesco. En efecto, vi – y se ven – muchas depresiones en las consultas, las entrevistas, los tratamientos, las intervenciones en instituciones. No sólo aquí, también en la capital y el conurbano, barriendo con mitos de toda índole, como “fuera de la ciudad se vive más tranquilo, sin stress” o – el inverso - : “en la ciudad, con sólo salir se levanta el ánimo”. Si bien hay una pequeña parte de verdad en cada afirmación, sólo hay eso: una pequeña parte de verdad. El resto es mito.

El término depresión tiene un significado popular y otro psiquiátrico: ambos son muy semejantes. Se trata del estado de afectivo de tristeza, angustia, inactividad, falta de ánimo y entusiasmo para cualquier actividad (aún las que nos gustan). A veces, es una reacción clara a algo que nos afectó. Pero muchas otras veces no: es inexplicable para el que la padece.
Sin embargo, la depresión encierra en sí el germen de la recuperación.

La depresión atraviesa muchas barreras: no es patrimonio de una particular edad, sexo, clase social, o ni siquiera, estructura de personalidad o estado de salud mental o física. Puede ser permanente y grave, o pasajera en una situación especial de la vida. El psicoanalista inglés Donald Winnicott, le concedía un especial valor a las depresiones, lo que hoy en día puede ayudarnos mucho a pensar, ya que todos, en mayor o menor medida, pasamos por algún episodio depresivo (en nuestra propia persona o en la de alguien cercano). En este sentido, la depresión puede ser una oportunidad. ¿Por qué? Veamos.

En la depresión aún estamos en presencia de un gesto de vida, de identidad: “este soy yo, estas son mis dificultades”. Y toda crisis siempre es la oportunidad que fuerza un cambio: ya no podemos seguir así, y algo hacemos para salir. Suele ocurrir.
En el consultorio he visto situaciones depresivas muy variadas. Recuerdo una chica de 10 años que detrás de una obediencia y una eficiencia exageradamente alta en la casa y en la escuela, y unos juegos muy limitados y empobrecidos en la sesión, enmascaraba sin quererlo una depresión infantil (que las hay, contra lo que se cree). El pedido de ayuda psicológica por parte de los padres (y su colaboración) produjo una mejora, que se acrecentó al cabo de algunas sesiones y con el correr de la terapia. Este mismo proceso se ve en adultos: depresión, estancamiento, consulta, aceptación del problema, comienzo de mejoría, cambios más profundos en una psicoterapia.

¿Qué hacer ante la depresión? No hacemos nada con decirle al deprimido que salga, que hay muchas cosas por las que vivir, que no se preocupe o que ya pasará. Es un estado que hay que acompañar, comprender, e intentar que se acepte la ayuda, sin echar culpas. Lo importante es tener en cuenta que es algo frecuente, posible en cualquier persona, y superable.
Como vemos, hay muchas emociones profundas que acompañan estos estados. La medicación puede ayudar, pero no tiene estatuto de salvación mágica. Además, su abuso y falta de control obstruye la necesaria reflexión y pensamiento sobre nuestra vida, nuestras limitaciones y nuestras potencialidades.

Y sí. Hay muchas depresiones. Pero también posibilidades de superarlas, si sabemos ver en ellas la oportunidad de pedir ayuda y de hacer algo por nosotros mismos o por otros.

 

Lic. Diego Velázquez
Psicólogo (UBA)
Profesor Titular UNLZ

Ilustración: Martín Eito

 

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